martes, marzo 04, 2008

Edipo Güey, montaje fallido


EPILOGOS

Sergio Rommel Alfonso Guzmán

Si hacemos a un lado la cuestión de los géneros cinematográficos y las referencias al musical broadwayiano de Stephen Sondheim Sweeney Toldd. El demoníaco barbero de la calle Fleet resulta una buena película. El director, Tim Burton, acierta en dos cuestiones básicas: el diseño de arte; la película es de una plasticidad efectiva y la atmósfera macabra. Johnny Deep y Helena Bonham resuelven más que bien la complejidad de sus personajes siniestros y atractivos.

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Transcribo tal cual la cita de la columna “La hora del lobo” de Milenio semanal No. 537: “México es un país extraordinariamente fácil de dominar, porque basta con controlar a un solo hombre: el Presidente. Debemos abrir a los jóvenes mexicanos las puertas de nuestras universidades y educarlos en el modo de vida americano, según nuestros valores y en el respeto al liderazgo de los Estados Unidos. Con el tiempo, estos jóvenes llegarán a cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la Presidencia. Sin necesidad de que estados Unidos dispare un tiro, harán lo que nosotros queramos” (p. 58). Lo dijo Robert Lansing, secretario de Estado, en 1924. ¿Será distinto hoy?.

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Contra la opinión generalizada que encuentran más que estupenda la actuación de Javier Bardem en Sin lugar para los débiles de los hermanos Coen yo la encuentro que coquetea peligrosamente con la caricatura. La cinta, que aparece en las pantallas mexicanas precedida por un cúmulo de elogios me parece lenta y falta de convicción. A la crítica ha estado obsequiosa las últimas semanas o yo miré el filme de mal humor.

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El joven director Manuel Hernández, sucumbe en la puesta en escena Edipo Gűey, a la tentación de provocar la risotada fácil. Lo peligroso de dicha ruta es el inevitable agotamiento. Veinte minutos después de iniciada la obra no queda nada que decir; el público que aplaudió (con cierto entusiasmo) los chistes de repertorio se muestra harto. Dicho enfriamiento del espectador repercute en el enfriamiento del actor que desanimado opta por la mudez o por el exceso.

Decodificar a un clásico requiere (si se quiere ir más allá de la rebeldía adolescente) proponer otro código sustitutivo tal como lo hizo Cervantes al decodificar y re-codificar la novela de caballería. Ello no ocurre en Edipo Gűey. El montaje, plagado en ocurrencias, carece de consistencia: un vestuario a la Jesucristo superstar se encima con una dispositivo escenográfico incomprensible que en lugar de colaborar al montaje pareciera competir con él y un fondo de personajes ocultos entre mantas que evoca a las brujas de Macbeth; una iluminación (independientemente de su caos) que va tras un tono distinto del resto de los elementos y un espectador confundido en su intento de construir significado.

Exceptuando Ramón Verdugo que elabora un verosímil Edipo temeroso y apendejado el resto del reparto decepciona en una y otra manera: Bertha Dentón, quien mostró en Silencio Blanco y Evangélicas, divorciadas y vegetarianas no sus posibilidades sino sus recursos se pierde en una Yocasta que no entiende, sea por falta de dirección o por pereza. Su cualidad de actriz la obliga a un trabajo parsimonioso y a no conformarse con gestualidades agotadas. En su caso, pareciera que nunca conecto del todo con el proyecto; sea por falta de interés o de tiempo; de cualquier forma, inadmisible.

Cristóbal Dearie avizora un actor (ya lo he dicho antes). Sin embargo, se regordea en la forma y no profundiza en el personaje. De vez en vez su gesto se vuelve previsible, artificioso. Posee el instinto básico del actor; le falta la diligencia que lo pula.

De Alejandro Baeza (Creón), Carmen Vázquez (Safo) y Francisco Mufote (Aristóteles) lo que sorprende es verlos deambular por el escenario y la falta de tino del director en comprender que estaban muy abajo del mínimo admisible no sólo para una producción financiada por el INBA y el Cecut sino para cualquier propuesta decorosa. Finalmente, Raymundo Garduño sustenta un personaje, que funciona en sí, en corto; pero que poco o nada aporta al conjunto significativo de la obra.

¿Qué nos deja Edipo Guey? Un mal sabor a boca por el innegable talento (Denton, Verdugo, Dearie, Garduño, Quintero) que quedó por debajo de sus propias capacidades. Una interrogante mayúscula acerca de lo que se puede esperar y lo que se debe hacer por el teatro en Tijuana.